No llamé a ningún superior para pedir favores.
No utilicé mi rango para obtener información privada.
Simplemente llamé al hospital que Maya había mencionado en un mensaje anterior y confirmé, por los canales correspondientes, que podía acudir a verla.
Cuando llegué a urgencias, una enfermera me condujo hasta una habitación al final del pasillo.
Abrí la puerta.
Y sentí que el mundo se detenía.
Mi hija estaba acurrucada bajo una manta delgada.
Tenía moretones oscuros en los brazos y el rostro.
Su vestido blanco estaba roto y manchado.
Había una pequeña herida cerca de su ceja.
Pero lo que más me asustó no fueron las lesiones.
Fue su expresión.
Maya me miró como si no estuviera segura de que yo fuera real.
—Mamá…
Crucé la habitación y la abracé con cuidado.
—Estoy aquí, cariño.
Ella comenzó a llorar.