Maya comenzó a temblar.
—Pero cerraron la puerta y no me dejaron salir.
Apreté su mano con cuidado.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—Dos días.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que respirar profundamente para controlarla.
Mi hija había estado encerrada.
Sin teléfono.
Sin libertad para marcharse.
Y aquellas personas acababan de reírse delante de su cama.
—¿Cómo llegaste al hospital?
Maya se secó las lágrimas.
—Una empleada de la casa me encontró después de que me desmayara. Insistió en que necesitaba atención médica.
—¿Cómo se llama?
—Elena.
La enfermera, que había permanecido cerca, anotó el nombre con el consentimiento de Maya.
—¿Sabe su apellido? —preguntó.
Maya asintió.
—Elena Morales. Trabaja allí desde hace seis años.
La enfermera registró la información.
Yo miré a mi hija.
—¿Tienes miedo de que vuelvan a llevarte a esa casa?