—No necesitas trabajar tanto —le decía—. Yo puedo mantenernos.
Poco a poco, Maya dejó de tener ingresos propios.
Después Julian comenzó a controlar las cuentas.
Y finalmente empezó a decidir con quién podía reunirse.
La primera vez que noté algo extraño fue durante una comida familiar.
Maya llevaba una blusa de manga larga a pesar del calor.
Cuando intentó alcanzar un vaso, hizo una mueca de dolor.
—¿Te lastimaste? —le pregunté.
Julian respondió antes que ella.
—Se golpeó con una puerta. Ya sabes lo distraída que es.
Maya bajó la mirada.
Quise preguntarle más.
Pero ella cambió de tema.
Durante semanas recordé aquella expresión.
Ahora, sentada junto a su cama en el hospital, comprendía que había sido una señal que no supe interpretar.
—Cuéntamelo desde el principio —le pedí.
Maya respiró lentamente.
—Empezó después de la boda.