Lo miré directamente a los ojos.
—David, ayer me dijiste que cada uno se ocuparía de sus propios gastos. No voy a prestarte dinero para que puedas mantener ese acuerdo sin asumir sus consecuencias.
—Pero somos marido y mujer.
—Sí. Y precisamente por eso me dolió que decidieras excluirme de tu vida financiera delante de tu madre, como si yo fuera una desconocida que se aprovechaba de ti.
Él se quedó inmóvil.
—No quería hacerte daño.
—Entonces tendrás que aprender a pensar en lo que haces antes de decidir lo que los demás merecen.
Tomé mi café y salí de la cocina.
No fue una victoria espectacular. No hubo gritos ni portazos.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no cambié de opinión solo porque David estuviera disgustado.
A las diez de la mañana recibí una llamada de un número desconocido.