Dejé la taza sobre la encimera.
—¿Y eso es lo que quieres hacer?
David bajó la mirada.
—No lo sé.
Aquella respuesta, aunque tardía, era más honesta que todas las que me había dado el día anterior.
—Entonces no firmes nada hasta que lo sepas —le aconsejé—. Y no entregues más dinero que no puedas permitirte perder.
Me miró sorprendido.
Quizá esperaba que me burlara de él. Quizá pensaba que aprovecharía aquella oportunidad para vengarme.
No lo hice.
Que David hubiera tomado una decisión injusta conmigo no significaba que yo quisiera verlo arruinarse.
Pero tampoco significaba que fuera a salvarlo de las consecuencias.
—¿Podrías prestarme algo de dinero hasta que cobre? —preguntó después de unos segundos.
Allí estaba.
La petición que había temido y esperado al mismo tiempo.
—¿Para qué?
—Para mis gastos. La gasolina, el almuerzo en el trabajo… También tengo algunos pagos pendientes.