—¿Y cuánto cuesta?
Mi suegra empezó a retorcer la correa del bolso.
—Ciento ochenta mil dólares.
David dejó escapar una risa seca, completamente desprovista de humor.
—¿Ciento ochenta mil? ¿Y cómo piensas pagar los ciento setenta y dos mil restantes?
Evelyn levantó la barbilla.
—Con tu ayuda, por supuesto.
David la miró como si acabara de escuchar algo en un idioma que no comprendía.
—¿Con mi ayuda?
—Tienes un buen sueldo ahora. Además, eres mi único hijo. Algún día todo lo que tengas será también para mí.
Me mordí el interior de la mejilla para no intervenir.
Había escuchado a Evelyn decir cosas parecidas durante años. Siempre las había interpretado como exageraciones de una madre demasiado protectora. Nunca imaginé que, para ella, el ascenso de David no significaría una oportunidad para que su hijo construyera su futuro, sino una autorización para disponer de él.