Mi Suegra Se Quedó Con Sukara Sueldo, Pero No Sabía De Quién Era La Casa-aurelle

Mi lugar era el que yo estaba dispuesta a aceptar.

Una tarde, mientras preparábamos la cena juntos, David se acercó a la encimera y me preguntó:

—¿Sabes qué fue lo peor de aquella noche?

Sonreí ligeramente.

—¿Perder la cena de doscientos dólares?

Él soltó una risa avergonzada.

—Además de eso. Fue darme cuenta de que estaba tan acostumbrado a que tú resolvieras todo que ni siquiera sabía cuánto dependía de ti.

Dejé el cuchillo sobre la tabla.

—No quiero que dependas de mí de esa manera, David. Quiero que podamos contar el uno con el otro sin que ninguno tenga que cargar con todo.

Me tomó la mano.

—Estoy empezando a entenderlo.

Lo miré durante unos segundos.

No sabía qué nos depararía el futuro. Sabía que todavía teníamos mucho que reparar y que ninguna promesa podía garantizarme que nunca volvería a sentirme traicionada.

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