Me senté debajo y escuché el ruido de los coches a lo lejos.
Pensé en el muchacho de diecinueve años que había querido marcharse a Plovdiv.
Pensé en el hombre de cuarenta y uno que había abierto el baúl.
Y pensé en todos los domingos que había perdido creyendo que no tenía derecho a elegir.
Si pudiera hablar con aquel muchacho, no le diría que fuera valiente.
Le diría que no era culpable de las decisiones de los adultos.
Que no tenía que pagar las deudas de su padre con su juventud.
Que merecía estudiar, amar libremente y construir una vida propia.
Y que, aunque tardara veintidós años en comprenderlo, nunca sería demasiado tarde para empezar de nuevo.
Porque el secreto más doloroso del baúl no era el dinero.
Tampoco eran las firmas ni las tierras.