No era grande.
Tenía dos habitaciones, un jardín estrecho y una cocina en la que apenas cabían cuatro personas alrededor de la mesa.
Pero nadie podía decidir por mí quién debía vivir allí.
Continué trabajando en la cooperativa y, con los años, comencé a ayudar a jóvenes agricultores a negociar contratos justos.
Cuando alguien llegaba con una deuda que no comprendía, leía cada documento.
Cuando un padre intentaba obligar a su hijo a aceptar un acuerdo que no deseaba, intervenía para explicar las consecuencias.
Y cuando un joven me decía que quería marcharse a estudiar, le preguntaba qué necesitaba para hacerlo posible.
Nunca les prometía que sería fácil.
Solo les decía que su futuro no debía decidirse a sus espaldas.
A veces, durante las reuniones, recordaba a Stoyanka.
Recordaba sus manos agrietadas, su forma de dejar una taza de té junto a la ventana y aquella costumbre de levantarse antes del amanecer.