## El día en que volví al pueblo
Pasaron ocho meses antes de que regresara.
Mi padre seguía vivo, aunque estaba mucho más débil.
Lo encontré sentado junto a la ventana, con una manta sobre las piernas.
Cuando me vio, intentó levantarse.
—Has venido.
Asentí.
Nos quedamos solos en la habitación.
Durante varios minutos, ninguno supo qué decir.
Finalmente, mi padre habló.
—No espero que me perdones.
Me senté frente a él.
—Bien. Porque todavía no sé si puedo hacerlo.
Bajó la cabeza.
—Creí que estaba haciendo lo necesario.
—Eso lo he escuchado muchas veces.
Mi padre apretó las manos.
—Tenía miedo de perderlo todo.
—Y para evitar perder tu casa, decidiste que yo podía perder mi vida.
Cerró los ojos.
No intentó negarlo.
—Sí.
Aquella palabra me sorprendió más que cualquier explicación.
Por primera vez, mi padre reconocía lo que había hecho sin esconderlo detrás de la pobreza, las obligaciones familiares o las costumbres del pueblo.