Pero continué.
No porque quisiera demostrarle nada a mi padre.
Ni porque necesitara demostrarle a Stoyanka que podía vivir sin ella.
Continué porque, por primera vez, estaba haciendo algo que había elegido yo.
Con el dinero que había encontrado, pagué mis gastos iniciales. Después conseguí trabajo en una cooperativa agrícola, donde mi experiencia con las tierras resultó mucho más útil de lo que imaginaba.
Aprendí a administrar explotaciones, estudiar contratos y asesorar a pequeños agricultores.
Descubrí que el trabajo del campo no era una condena.
Lo que me había destruido era que otros decidieran qué debía hacer con mi vida.
Durante los primeros meses recibí varias cartas de mi madre.
En ellas me contaba que mi padre había dejado de hablar de mí delante de los vecinos.
Mi hermano menor había acudido a un abogado para aclarar la titularidad de la parcela y el origen del dinero utilizado para comprarla.