Entonces encontré un tercer sobre.
Era mucho más reciente.
La letra de Stoyanka aparecía en el exterior.
«Para el día en que decidas empezar de nuevo».
Dentro había dinero, suficiente para pagar varios meses de alojamiento en la ciudad, y una nota.
«No sé si algún día podrás perdonarme.
Si todavía quieres estudiar, utiliza este dinero.
No te lo doy para comprar tu perdón.
Te lo doy porque debí habértelo entregado hace veintidós años.
Y porque no quiero que mi última decisión sobre tu vida sea otra puerta cerrada».
Me cubrí el rostro con las manos.
No sabía si aquello era una reparación tardía, una confesión o simplemente el último intento de una mujer arrepentida por dejar algo bueno detrás de sí.
Pero sabía que no podía quedarme allí para siempre.