Nicolás se rio.
—¿De verdad?
—Completamente cierto —respondió mi padre.
Miré a Valentina.
Por un instante volvimos a ser dos jóvenes que soñaban con un futuro juntos.
Después miré a Nicolás.
Ya no era el niño de la fotografía.
Era un hombre con sus propios sueños, sus propias opiniones y una vida que había construido sin nosotros.
No intenté recuperar el tiempo perdido de golpe.
Solo le ofrecí una silla en nuestra mesa.
Y él decidió quedarse.
## 11. La carta que dejé junto a la ventana
Un año después de descubrir la verdad, regresé a Casa Santa Cecilia.
La residencia había sido revisada durante la investigación y mi padre ya no vivía allí.
Llevé una pequeña caja con fotografías y una copia de la primera carta que había encontrado.
Me senté junto a la ventana donde él solía pasar las tardes.