Al principio me llamaba Mateo.
Después empezó a llamarme por mi nombre con una cercanía que antes no existía.
No le pedí que me llamara papá.
Quería que aquella palabra llegara, si algún día llegaba, porque él la sentía de verdad.
Valentina también empezó a recuperar fuerzas.
No podía recuperar los años que había perdido, pero ahora tenía a su hijo cerca.
Y mi padre, por fin, dejó de vivir escondido.
Un domingo organizamos una comida familiar en mi casa.
Nicolás llegó con una tarta que había preparado siguiendo una receta de su madre adoptiva.
Valentina llevó fotografías de su infancia.
Mi padre se sentó a su lado y comenzó a contar historias de cuando yo era pequeño.
—Mateo era un desastre con las bicicletas —dijo—. Una vez chocó contra una fuente porque estaba mirando a una muchacha.