Finalmente dijo:
—Has crecido mucho, campeón.
Aquella palabra me atravesó el pecho.
—No me llames así.
Bajó la cabeza.
Nos sentamos en una pequeña sala.
Lucía permaneció junto a la ventana.
Yo no podía dejar de mirar las manos de mi padre.
Antes eran fuertes.
Ahora temblaban tanto que le costaba sostener un vaso de agua.
—Tienes diez minutos —dije—. Después quiero la verdad de Lucía.
Joaquín asintió.
—Hace veintidós años descubrí transferencias irregulares desde las cuentas del grupo hotelero.
—Lo sé. Tú las hiciste.
—No.
Su respuesta fue firme.
—Yo las denuncié internamente.
Sentí que la mandíbula se me tensaba.
—Entonces ¿por qué desapareciste?
Mi padre cerró los ojos.
—Porque alguien me amenazó con hacerte daño.
Lo observé sin comprender.
—¿A mí?
—Tenías diecinueve años. Acababas de recibir una beca universitaria. Una noche encontré fotografías tuyas entrando y saliendo del campus.