Hubo una pausa.
—Mateo, escucha. Tengo una copia de un documento que tu padre encontró. No sé si es suficiente para demostrarlo todo, pero hay algo que debes saber.
—Dímelo.
—Valentina está viva.
Dejé de respirar.
—¿Qué acabas de decir?
—La mujer que creías muerta sigue viva. Y sabe quién es tu hijo.
Me apoyé contra la pared.
Durante veintidós años había vivido con una ausencia que creía definitiva.
Había construido otra vida.
Me había casado con Lucía, había levantado una empresa y había aprendido a no pronunciar el nombre de Valentina.
Y ahora mi esposa me decía que la mujer que yo había llorado seguía viva.
—¿Dónde está? —pregunté.
—En un centro de rehabilitación y cuidados de larga duración, en las afueras de Guadalajara. Pero hay algo más. Antes de ir a verla, necesitas conocer la verdad sobre tu hijo.