Llamé inmediatamente a Lucía.
No contestó.
Volví a llamar.
Nada.
Entonces llegó un mensaje desde su teléfono.
«Mateo, estoy en Casa Santa Cecilia. Tu padre me pidió que viniera. Dice que encontró el documento original».
Sentí un nudo en el estómago.
Le escribí que no entrara sola.
No respondió.
Conduje hacia la residencia.
Cuando llegué, encontré una patrulla frente a la entrada.
Dos empleados hablaban nerviosamente con los agentes.
Corrí hacia ellos.
—¿Qué ha pasado?
La recepcionista me reconoció.
Su rostro estaba blanco.
—Señor Serrano, alguien entró en la habitación de su padre.
—¿Dónde está Joaquín?
—No lo sabemos.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Y mi esposa?
La mujer comenzó a llorar.
—También ha desaparecido.
Entonces uno de los agentes se acercó.
—¿Usted es Mateo Serrano?
Asentí.
—Encontramos algo dirigido a usted.
Me entregó un sobre.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.