La que había llorado sobre mi hombro cuando perdimos los hoteles.
La que me había dicho que nunca confiara demasiado en nadie.
—Mamá, necesito preguntarte algo.
—Claro, cariño.
—¿Conoces una empresa llamada Inversiones Cobalto?
Su sonrisa desapareció.
Solo un instante.
Pero lo vi.
—No recuerdo ese nombre.
Saqué una copia del registro mercantil.
La coloqué sobre la mesa.
—Tu nombre aparece aquí.
Mi madre miró el papel.
Después me miró a mí.
—¿Quién te dio esto?
No respondió a mi pregunta.
Y eso me aterrorizó.
—¿Sabías que papá está vivo?
Su rostro perdió el color.
Se dejó caer lentamente en una silla.
—Mateo…
—¿Lo sabías?
Mi madre comenzó a llorar.
Pero esta vez no corrí a consolarla.
—Yo no quería que nada de esto ocurriera —susurró.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué hiciste?
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.