Consistía en asegurarme de que nunca tuviera que atravesarla sola.
## La casa que nunca fue una herencia
Darlene cumplió su promesa.
No utilizó la fortuna para comprar el cariño de Abigail. Tampoco intentó obligarme a aceptar regalos que no quería.
En cambio, comenzó a visitarnos los domingos.
Al principio, mi hija se escondía detrás de mí cada vez que la veía.
Darlene nunca la presionó.
Se sentaba en el suelo y esperaba a que Abigail decidiera acercarse.
Un domingo llevó una caja de fotografías de Elena cuando era pequeña.
Otro día preparó la sopa que su hija solía pedir cuando estaba enferma.
La primera vez que Abigail probó una cucharada, frunció la nariz.
—La de papá está más rica.
Darlene soltó una carcajada.
—Entonces tendré que aprender de tu padre.
Con el paso de los meses, empezaron a construir sus propios recuerdos.