Sin saber que su esposa era la dueña del hospital, el marido la despidió justo delante de todo el personal.
Todo el personal de terapia intensiva quedó en silencio cuando Darío Montemayor arrancó la credencial del uniforme de su esposa.
—Estás despedida, Valeria. No vuelvas a presentarte en este hospital.
La placa metálica cayó al suelo y se deslizó hasta los zapatos de una enfermera que no se atrevió a recogerla.
Valeria Navarro permaneció inmóvil frente al hombre con quien había compartido 9 años de matrimonio. A su alrededor estaban los médicos, los camilleros y las enfermeras que ella misma había capacitado. Algunos bajaron la mirada. Otros fingieron revisar las pantallas de los pacientes.
Eugenia Montemayor, madre de Darío, observaba la escena desde la puerta con una sonrisa apenas disimulada.
A su lado se encontraba Renata Córdova, una enfermera recién contratada que llevaba meses apareciendo junto a Darío en reuniones, cenas y fotografías tomadas fuera del horario laboral.
—Quizá ahora podamos modernizar el área —comentó Renata—. Hay personas que llevan demasiado tiempo creyendo que son indispensables.
Valeria entendió por fin que aquello no era un despido impulsivo.
Habían preparado su humillación.
Darío cruzó los brazos.
—Seguridad la acompañará a la salida.
—No es necesario —respondió Valeria.
Se inclinó, recogió su credencial y la guardó en el bolsillo.
No lloró.
Tomó su abrigo, pasó junto a los pacientes con los que había permanecido noches enteras y caminó hacia el ascensor.
Uno de los ancianos hospitalizados extendió una mano al verla.
—Enfermera Valeria…
Ella se detuvo, acomodó la cobija sobre sus piernas y sonrió.
—Todo estará bien, don Ernesto. La enfermera Julia conoce sus medicamentos.
Después continuó su camino.
Darío la vio marcharse con una satisfacción que casi parecía orgullo. Acababa de demostrar delante de todos que era el director administrativo del Hospital San Gabriel de Monterrey.
Lo que ignoraba era que la mujer a la que estaba expulsando llevaba en su bolso la única firma capaz de decidir el futuro de aquel edificio.
En el estacionamiento comenzó a llover.
Valeria llegó hasta su automóvil, pero no abrió la puerta. Se quedó bajo el agua, respirando con dificultad.
Dentro de su bolso encontró un sobre color crema. El nombre de Valeria estaba escrito con la letra temblorosa de su padre.
Había conservado aquel sobre durante 6 años sin abrirlo.
Su padre, Héctor Navarro, se lo había entregado pocas horas antes de morir.
—Todavía no lo abras —le había pedido—. Hazlo cuando las personas que están a tu lado te demuestren quiénes son en realidad. Sabrás reconocer ese día.
Valeria había creído que eran palabras confusas de un hombre agotado por la enfermedad.
Ahora miró hacia las ventanas iluminadas del hospital. En algún piso, Darío quizá estaba celebrando su despido con Renata.
Rompió el sello.
En el interior solo había una tarjeta con un número telefónico y una frase:
“Llama a Samuel Ortega. Él protegió lo que siempre fue tuyo. No firmes nada”.
Valeria marcó.
Un hombre respondió al segundo tono.
—Despacho Ortega.
—Busco al licenciado Samuel Ortega.
—Él habla.
—Soy Valeria Navarro, hija de Héctor Navarro.
Al otro lado se produjo un silencio.
—Doctora Navarro —dijo finalmente el abogado—. Llevo años esperando esta llamada.
—No soy doctora. Soy enfermera.
—Su padre nunca dejó de llamarla doctora.
Valeria cerró los ojos.
Antes de enfermarse, había estudiado medicina. Era una de las mejores alumnas de su generación y tenía una beca completa. Pero Héctor sufrió una insuficiencia renal, y nadie más estaba dispuesto a dejar su vida para cuidarlo.