Pero sí pude hacer una promesa.
Nunca volvería a dejar que nadie le hiciera creer a mi hija que no era querida.
Y aquella promesa, más que cualquier documento, prueba de ADN o resolución judicial, fue el comienzo de nuestra verdadera historia.
Porque Ellie no necesitaba que le devolvieran una infancia perfecta.
Necesitaba saber que nunca había sido culpable de lo que ocurrió.
Y yo necesitaba aprender que, aunque la maternidad me había sido arrebatada durante cinco años, el amor que sentía por ella nunca había desaparecido.
A veces, la verdad llega demasiado tarde para reparar el pasado, pero todavía a tiempo para cambiar el futuro.