Sin embargo, la firma del final era legible.
Era la firma de mi padre.
Mi padre llevaba muerto seis años.
Nora me miró, pálida.
—Claire… ¿qué significa esto?
No pude contestar.
Mi padre había sido un hombre reservado, de esos que nunca explicaban sus decisiones. Cuando yo era pequeña, había pasado largas temporadas fuera de casa por motivos de trabajo. Después de su muerte, mi madre había destruido parte de sus documentos personales, diciendo que no quería conservar recuerdos dolorosos.
Siempre pensé que era una manera de afrontar el duelo.
Ahora ya no estaba segura de nada.
La abogada nos explicó que la firma podía ser auténtica, falsificada o haber sido incorporada al expediente por alguien que conocía a nuestra familia. No teníamos pruebas suficientes para sacar conclusiones.
Pero aquella noche, cuando regresé a casa, recordé algo que llevaba años sin pensar.