—Mamá… —dijo con voz extrañamente tranquila—. Jenna me dijo que ese dinero era una herencia de su abuela.
Nos miramos.
La boda.
Los regalos.
El viaje de luna de miel.
Todo había sido financiado, al menos en parte, con nuestro propio patrimonio.
Pero Daniel descubrió algo todavía más inquietante.
Entre los documentos había un contrato de compraventa de una propiedad junto al lago.
Los compradores figuraban como Mark y Jenna.
Y la fecha de adquisición era de hacía ocho meses.
Cinco meses antes de la boda.
—Estaban juntos antes de que nos casáramos —murmuró Daniel.
Su voz se quebró.
Lo abracé mientras lloraba contra mi hombro.
Aquella tarde consultamos a una abogada especializada en divorcios y patrimonio familiar.
Nos recomendó conservar las pruebas, proteger nuestras cuentas individuales y no firmar absolutamente nada.
También nos advirtió que el préstamo podría representar un problema mucho más grave de lo que imaginábamos.