Julian dejó lentamente los resultados sobre una mesa.
—Vanessa, mírame.
Ella no lo hizo.
—Mírame y dime que esos niños son míos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Por supuesto que son tuyos.
—Entonces no habrá ningún problema con la prueba.
Vanessa comenzó a llorar.
Esta vez, nadie confundió sus lágrimas con inocencia.
Richard se acercó a ella.
—¿Qué está pasando?
—Nada —respondió ella—. Estoy nerviosa. Es mi boda.
—Vanessa —dijo Julian—, te he hecho una pregunta.
Ella lo miró por fin.
—Te amo.
Julian cerró los ojos durante un instante.
—No te he preguntado si me amas. Te he preguntado si soy el padre de tus hijos.
El silencio fue insoportable.
Entonces intervino Margaret, la madre de Julian.
Hasta ese momento había permanecido junto a la mesa, con una mano apoyada en el respaldo de una silla.
—Richard, quizá deberíamos hablar de esto en privado.