Respiré profundamente.
—¿Recuerdas el día en que firmé el divorcio?
—Sí.
—Te pedí que me dijeras que no firmara.
Julian bajó la cabeza.
—Lo recuerdo.
—No te pedí dinero. No te pedí una casa. Ni siquiera te pedí que dejaras a Vanessa. Te pedí una sola razón para quedarme. Y tú no me diste ninguna.
Él empezó a llorar.
No intenté consolarlo.
—Después descubrí que estaba embarazada. Cuando supe que eran cuatro, me asusté. Tenía veintinueve años, estaba sola y acababa de salir de un matrimonio en el que la familia de mi marido me había puesto precio. No sabía qué harías si te lo contaba. Tampoco sabía si intentarías convertir a mis hijos en otra negociación.
—Nunca les habría hecho daño.
—No lo sé, Julian. Porque nunca me diste motivos para confiar en ti.
Él se secó las lágrimas.