A los 64 años, me casé con unkara hombre de 31. Seis meses después, descubrí que cada noche añadía algo a escondidas a mi bebida e insistía en que me la tomara hasta la última gota. Una noche, me negué a beberla y llevé una muestra a un laboratorio. Cuando el médico vio los resultados, palideció, cerró inmediatamente la puerta y me preguntó: «SEÑORA, ¿SU MARIDO SABE QUE USTED ESTÁ AQUÍ?»…

Me informaron de que estaban examinando la información que había aportado y que necesitaban contrastar varios hechos.

No me prometieron una detención inmediata.

No me dijeron que ya lo sabían todo.

Me pidieron paciencia.

Yo había pasado días imaginando una confesión dramática, una prueba definitiva y una explicación que convirtiera cada pieza del rompecabezas en algo evidente.

La realidad fue diferente.

La investigación avanzaba poco a poco.

Se estaban revisando los resultados médicos, la muestra conservada, los mensajes y los documentos financieros. También se estaba intentando establecer si existía una conexión entre aquellos hechos.

Mientras tanto, Daniel seguía llamándome.

Al principio, sus mensajes eran cariñosos.

«Te echo de menos».

«La casa está vacía sin ti».

«Vuelve, cariño. Podemos solucionarlo todo».

Después cambiaron.

«Estás escuchando a gente que quiere separarnos».

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