Me informaron de que estaban examinando la información que había aportado y que necesitaban contrastar varios hechos.
No me prometieron una detención inmediata.
No me dijeron que ya lo sabían todo.
Me pidieron paciencia.
Yo había pasado días imaginando una confesión dramática, una prueba definitiva y una explicación que convirtiera cada pieza del rompecabezas en algo evidente.
La realidad fue diferente.
La investigación avanzaba poco a poco.
Se estaban revisando los resultados médicos, la muestra conservada, los mensajes y los documentos financieros. También se estaba intentando establecer si existía una conexión entre aquellos hechos.
Mientras tanto, Daniel seguía llamándome.
Al principio, sus mensajes eran cariñosos.
«Te echo de menos».
«La casa está vacía sin ti».
«Vuelve, cariño. Podemos solucionarlo todo».
Después cambiaron.
«Estás escuchando a gente que quiere separarnos».