Miré las hojas.
Mi casa.
Mis ahorros.
Mi pensión.
Todo aquello que había construido durante décadas trabajando como maestra.
De repente, recordé algo que Daniel me había dicho durante nuestra luna de miel.
«No tienes que preocuparte por el futuro, Margaret. Yo me ocuparé de todo».
En aquel momento había sentido alivio.
Ahora aquellas palabras me parecían una advertencia que no había sabido interpretar.
El abogado me aconsejó tomar medidas para proteger mis bienes y revisar las autorizaciones financieras, de acuerdo con la legislación aplicable. También me ayudó a documentar los hechos y a presentar la información pertinente a las autoridades.
Pero la sorpresa más grande llegó esa tarde.
Helen me llamó desde su casa.
—Margaret, tienes que venir. He encontrado algo que quizá debas entregar a la policía.
Cuando llegué, tenía un sobre que Daniel había dejado meses antes en mi casa y que ella había guardado por casualidad.