PARTE 2 — EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

Maya estaba viva.

Por primera vez aquella noche, pude respirar.

Cuando finalmente me permitieron verla, estaba conectada a varios monitores.

Su pequeño rostro parecía aún más frágil bajo las luces del hospital.

Me senté junto a su cama.

—Estoy aquí, mi amor.

Sus dedos se movieron ligeramente sobre la sábana.

Después abrió los ojos.

—Mamá…

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Aquí estoy, cariño.

Su voz era apenas un susurro.

—¿Los abuelos vinieron?

Sentí que el corazón se me partía.

Le acaricié el cabello.

—No, mi vida.

Maya cerró los ojos.

—Está bien. Tú viniste.

Y aquellas tres palabras me dolieron más que todas las llamadas de mi familia.

A la mañana siguiente, mi directora financiera, Rebecca Hayes, llegó al hospital.

Traía una carpeta y una expresión preocupada.

—Elena, revisé las cuentas que me pediste.

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