Al día siguiente, cambié las credenciales bancarias, reforcé los controles financieros y revisé los permisos de acceso a las cuentas del negocio con ayuda de mi asesor. Mi abogado se encargó de los siguientes pasos legales para recuperar cualquier cantidad que pudiera acreditarse como utilizada indebidamente.
No intenté vengarme de Lucas.
No necesitaba hacerlo.
Quería recuperar mi tranquilidad, proteger a mis empleados y asegurarme de que nadie volviera a confundir mi generosidad con una obligación.
Tres semanas después, recibí una carta de Beatrice.
No era una disculpa perfecta. Había justificaciones, frases evasivas y un intento de culpar a Lucas de casi todo.
Pero, al final, había una frase distinta.
«Nunca pensé que llegarías tan lejos».
Leí aquellas palabras dos veces.
Después dejé la carta en un cajón.
Porque ese era precisamente el problema: Beatrice había pasado tantos años creyendo que yo nunca pondría límites que confundió mi paciencia con debilidad.