“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Se abrió una investigación externa.

Alejandro quedó apartado de cualquier decisión relacionada con ella.

Mientras tanto, Ricardo Mendoza descubrió lo ocurrido.

Invitó a su hijo a cenar y apareció acompañado de Camila, su antigua prometida.

—Ella sí pertenece a nuestro mundo —insistió Ricardo.

Alejandro rechazó aquella manipulación.

—No quiero recuperar mi pasado. Estoy enamorado de Valeria.

Su padre apretó los labios.

—Una trabajadora con una hija ajena terminará costándote tu empresa.

—Entonces tendré que demostrar que soy capaz de dirigirla sin sacrificar a la mujer que amo.

Ricardo no respondió.

A la mañana siguiente, mientras Valeria bajaba del camión frente a la construcción, un automóvil negro se detuvo junto a ella.

Un chofer abrió la puerta.

—Señorita López, don Ricardo Mendoza quisiera hablar con usted.

Valeria aceptó acompañarlo a la cafetería de enfrente.

Diez minutos después, Ricardo colocó sobre la mesa un cheque firmado por dos millones de pesos.

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