Pero un problema amenazaba la tranquilidad de Valeria.
Doña Teresa, la vecina que cuidaba a Sofía después del kínder, debía mudarse con su hija. Valeria no podía pagar una niñera particular sin perder casi todas sus horas extras.
Alejandro quiso ofrecerle dinero.
Sin embargo, recordó cuánto le molestaba sentirse dependiente.
En lugar de hacerlo, investigó opciones de cuidado infantil y encontró una estancia comunitaria cercana a su departamento, con horarios extendidos y cuotas accesibles.
Le entregó la información.
—No pagué nada. Tú decides si te sirve.
Valeria revisó las hojas durante varios minutos.
—Nadie había dedicado tanto tiempo a buscar una solución para mí —susurró.
Poco después, Sofía cumplió cinco años y Valeria invitó a Alejandro a una pequeña fiesta.
Él llegó con un libro de dinosaurios y terminó sentado en el suelo, jugando con los niños.