“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Ella retrocedió.

—Vuelve a ponerme una mano encima y te reporto. Estoy aquí para trabajar, no para aguantarte.

Algunos compañeros escucharon y soltaron una carcajada.

Rubén se puso rojo de vergüenza.

—Ya veremos cuánto te dura lo valiente —murmuró.

Alejandro ordenó que el supervisor documentara el incidente y advirtiera formalmente a Rubén.

Valeria no le agradeció.

—Puedo defenderme sola, ingeniero.

—Lo sé. Pero nadie debería soportar eso para conservar su empleo.

Esa tarde, mientras revisaba unos registros, Alejandro descubrió que Valeria había reportado también un soporte mal instalado en el cuarto nivel.

El responsable de corregirlo era Rubén.

Había anotado en el informe que todo estaba reparado, pero Valeria conservaba fotografías que demostraban que la pieza seguía defectuosa.

Alejandro exigió una nueva inspección.

Rubén obedeció delante del supervisor.

Sin embargo, cuando creyó que nadie lo observaba, miró hacia Valeria con una expresión inquietante.

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