Valeria también había aprendido algo.
Ser fuerte no significaba cargar eternamente con todo.
A veces, la verdadera valentía consistía en permitir que alguien caminara a tu lado.
Y aquel cheque de dos millones de pesos, que una vez pareció suficiente para separarlos, terminó demostrando una verdad que Ricardo Mendoza había tardado toda su vida en comprender:
El dinero puede comprar una casa, pero no un hogar. Puede pagar comodidades, pero no la lealtad. Y quien desprecia a una persona por su pobreza quizá esté rechazando precisamente la riqueza que más necesita en su propia vida.