“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Cuando surgió una vacante para coordinar el mantenimiento de los nuevos edificios, don Arturo y el ingeniero responsable recomendaron que participara en el proceso.

Alejandro se mantuvo al margen.

Un comité independiente evaluó a los candidatos.

Valeria consiguió el puesto por sus méritos.

Al principio algunos empleados murmuraron que la habían ascendido por ser pareja del dueño.

Ella respondió trabajando, aprendiendo y demostrando que conocía aquellas torres desde los cimientos.

También se inscribió en cursos nocturnos de administración de inmuebles y retomó materias relacionadas con su antiguo sueño de estudiar arquitectura.

No fue un camino fácil.

Había noches en que Sofía se dormía sobre sus cuadernos mientras Valeria estudiaba.

Otras veces Alejandro preparaba la cena para que ella pudiera terminar una tarea.

Nunca hizo sus exámenes por ella.

Nunca compró sus calificaciones.

Simplemente permaneció a su lado.

Una noche, mientras los tres cenaban, Sofía levantó la vista de su dibujo.

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