Valeria comenzó a llorar.
—Tengo miedo, Alejandro.
—Yo también.
—¿Y si volvemos a equivocarnos?
—Entonces hablaremos. Buscaremos soluciones. Pero no volveremos a decidir por el otro sin preguntarle.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Te amo.
—Yo también te amo, Valeria.
Desde la habitación apareció Sofía, abrazando un dinosaurio de plástico.
—Mamá, ¿Alejandro ya puede venir otra vez?
Los dos se miraron y comenzaron a reír entre lágrimas.
—Sí, mi amor —respondió Valeria—. Puede venir.
Sofía corrió a abrazarlo.
—Qué bueno. Porque el tiranosaurio lleva muchos días preguntando por él.
Los meses siguientes no fueron perfectos.
Hubo rumores, diferencias familiares y decisiones difíciles.
Pero Alejandro comenzó a cambiar la manera en que dirigía su empresa.
Las inspecciones de seguridad se volvieron más estrictas y las observaciones de los trabajadores dejaron de tratarse como simples molestias.
Valeria continuó destacando por sus conocimientos y responsabilidad.