Aquella noche fue a enfrentar a su padre en su residencia.
Ricardo estaba leyendo unos documentos cuando Alejandro entró.
—Sé lo que le ofreciste a Valeria.
Su padre cerró la carpeta.
—Intentaba protegerte.
—No. Intentabas controlar mi vida.
—Esa mujer podía perjudicar todo lo que construimos.
Alejandro golpeó suavemente el escritorio con la palma abierta.
—Ella evitó que tres trabajadores murieran. Rechazó tu dinero cuando apenas puede pagar la renta. Y tú crees que es una amenaza porque trabaja con las manos.
Ricardo guardó silencio.
—Durante treinta y cinco años he intentado que estés orgulloso de mí —continuó Alejandro—. Pero nunca fue suficiente. Hoy entiendo que no necesito seguir viviendo para impresionarte.
—Soy tu padre.
—Precisamente por eso duele tanto.
Alejandro respiró profundamente.
—Puedes retirarte de nuestras inversiones si quieres. Resolveré las consecuencias. Pero jamás volverás a acercarte a Valeria ni a su hija para humillarlas.