“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Salió corriendo bajo la lluvia.

—¡Valeria! ¡Arturo!

Cuando los vio bajar por las escaleras, cubiertos de polvo y agua, sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Quiso abrazarla.

Pero recordó que ella le había pedido distancia.

Se quedó inmóvil.

Fue Valeria quien caminó hacia él y apoyó la frente contra su pecho.

—Pensé que no volvería a verte —confesó Alejandro.

—Yo pensé que esos hombres no saldrían vivos.

Él la abrazó mientras don Arturo observaba, todavía temblando.

Aquella noche no hubo heridos, pero la investigación posterior reveló algo gravísimo.

La zona afectada quedó clausurada preventivamente mientras especialistas revisaban la estructura y determinaban las responsabilidades.

Valeria entregó a los investigadores su pequeño cuaderno de notas.

Allí conservaba fechas, fotografías, números de sección y copias de los mensajes enviados al supervisor.

Las primeras imágenes mostraban el soporte defectuoso.

Un correo posterior solicitaba comprobar que la reparación estuviera correctamente terminada.

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