“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Debían asegurar materiales, revisar los apuntalamientos temporales y desalojar las áreas elevadas.

Rubén figuraba como responsable de una sección del cuarto nivel.

En su reporte aseguró que los soportes estaban perfectamente instalados.

Pero Valeria recordaba aquella pieza defectuosa que había fotografiado semanas atrás.

Desde entonces había solicitado una segunda revisión detallada. El supervisor había confiado en el informe firmado por Rubén, sin comprobar personalmente la base del soporte.

Esa tarde, mientras las cuadrillas terminaban las últimas tareas de aseguramiento, comenzó a llover con más fuerza de lo previsto.

Valeria subió al cuarto nivel para verificar que los trabajadores estuvieran saliendo.

Entonces escuchó un sonido extraño.

Un crujido metálico.

Se detuvo.

Debajo de una losa recientemente colada, uno de los puntales estaba inclinado. La placa de apoyo descansaba sobre una superficie inestable y el agua comenzaba a acumularse alrededor.

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