Por un instante imaginó aquella tranquilidad.
Después dobló cuidadosamente el cheque y lo devolvió.
—Mi hija necesita muchas cosas, señor Mendoza. Pero no necesita aprender que su mamá tiene un precio.
Ricardo permaneció inmóvil.
—Está cometiendo un error.
—Tal vez. Pero es mi decisión.
Valeria se levantó.
Antes de marcharse, añadió algo que hizo palidecer al empresario.
—Usted cree que Alejandro necesita una mujer de su misma posición social. Yo creo que necesita una familia que lo quiera aunque un día pierda todo su dinero. Y por lo que me ha contado, lleva toda la vida esperando que su propio padre lo quiera así.
Ricardo abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Valeria abandonó la cafetería con las manos temblorosas.
Había rechazado una fortuna. Sin embargo, lo que más le dolía era comprender que la familia de Alejandro jamás la consideraría suficientemente buena.