Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

Sacó un sobre.

—Yo acepté dinero. No voy a fingir que soy inocente. Pero las firmas… yo no las hice.

—¿Quién?

—No lo sé.

—No te creo.

—Teresa me entregaba documentos ya firmados.

Entonces puso el sobre sobre la mesa.

Dentro había copias de transferencias.

Una llamó mi atención.

Mauricio había enviado dinero a una mujer llamada Verónica Castañeda.

$180,000 pesos.

—¿Quién es ella?

Federico tragó saliva.

—Trabajó varios años en una oficina que hacía gestorías para distintos clientes.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Pregúntale a tu madre.

Federico se levantó.

—Espera.

—Ya dije demasiado.

—¿Por qué me estás ayudando?

Me miró con vergüenza.

—Porque Mauricio me llamó anoche. Dijo que si esto se caía, iba a decir que todo fue idea mía.

Se marchó.

Cuando regresé, mi mamá estaba sentada en la sala.

Sola.

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