Puse frente a ella copias de todo lo que Laura había guardado.
Natalia dejó de hablar mientras revisaba los papeles.
Quince minutos después levantó la vista.
—Andrés, esto es serio.
—¿Pueden quedarse con nuestra casa?
—No funciona así de sencillo.
Me explicó que una fotografía o un contrato con una firma cuestionada no convertía automáticamente a Mauricio en dueño de nada. Había que revisar qué documentos se habían presentado, ante quién, qué facultades pretendían acreditar y qué movimientos estaban realmente inscritos o formalizados.
—Lo primero —dijo— es separar lo que intentaron hacer de lo que legalmente consiguieron hacer.
Eso me devolvió un poco de aire.
Pasamos horas revisando.
La casa seguía registrada a nuestro nombre.
Eso era una buena noticia.
Pero había algo peor en el negocio.
Se habían realizado movimientos bancarios y operaciones usando documentación que nosotros no reconocíamos.