Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

—Me enseñaban mensajes supuestamente tuyos.

—¿Mensajes míos?

—Sí. Decían que estabas de acuerdo.

Entendí por qué nuestras videollamadas habían cambiado durante los últimos meses.

Muchas veces Laura parecía nerviosa.

Otras veces Teresa aparecía casualmente detrás de ella.

Siempre había alguien cerca.

Yo había interpretado aquella distancia como cansancio.

Luego como indiferencia.

Finalmente como una posible infidelidad.

Ahora sentía vergüenza.

—Perdóname —dije.

Laura me miró.

—¿Por qué?

—Porque regresé y pensé lo peor de ti.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Eso era exactamente lo que querían.

Aquella frase me golpeó.

—¿Qué quieres decir?

—Tu mamá decía que cuando volvieras, tú pensarías que yo había cambiado. Que si conseguían que desconfiaras de mí, podrías correrme de la casa antes de descubrir los documentos.

Sentí una rabia fría.

Pero sabía que perder el control sería regalarles una ventaja.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *