Miró a Noah, Emiliano, Sofía y Valentina.
—Lo entiendo.
—No, Daniel. Todavía no lo entiendes.
Me agaché para quedar a la altura de mis hijos.
—Cariños, quiero que sepan algo. Nada de lo que está pasando es culpa de ustedes. Nunca lo ha sido.
Sofía me abrazó por el cuello.
Valentina tomó mi mano.
Emiliano miró a Daniel con seriedad.
Y Noah, que siempre había sido el más directo de los cuatro, dio un paso hacia su padre.
—Si sabías que podías tener hijos, ¿por qué no viniste a buscarnos?
La pregunta fue tan sencilla que resultó devastadora.
Daniel abrió la boca.
Noah esperó.
—Porque fui un cobarde —respondió finalmente Daniel—. Y porque creí una mentira que nunca debí aceptar sin comprobarla.
Mi hijo lo observó durante unos segundos.
—Pues nosotros no te conocemos.
Daniel asintió, con los ojos llenos de lágrimas.