—¡Mamá, eso es mentira! —gritó Daniel.
—Lo sé ahora. Pero entonces tuve miedo. Pensé que, si me enfrentaba a él, destruiría a nuestra familia.
La miré con una mezcla de dolor y rabia.
—¿Y qué cree que ocurrió de todos modos?
Carmen se cubrió la boca.
No tenía que responder.
Durante ocho años, mis hijos habían crecido sin abuelos, sin primos y sin conocer la mitad de su historia. Yo había trabajado hasta quedarme dormida sobre la mesa de la cocina. Había aprendido a resolverlo todo sola porque no tenía otra opción.
Y mientras tanto, aquella familia había guardado silencio.
Daniel se acercó a mí.
—Mariana, perdóname.
Retrocedí un paso.
—No.
Él se quedó inmóvil.
—No me pidas que te perdone ahora. No después de ocho años. No delante de tus hijos, a quienes ni siquiera conoces.