El hombre que bajaba las escaleras era Roberto Ramírez, el padre de Daniel.

Doña Carmen comenzó a llorar con más fuerza.

—En el despacho de tu abuelo —respondió él—. Después de su muerte, hace tres meses, encontramos una caja cerrada dentro de un armario. Contenía cartas, documentos y varias copias de mensajes.

Daniel tomó el sobre.

Estaba cerrado.

Su nombre también aparecía en una esquina.

—¿Esto era para mí? —preguntó.

—Sí —contesté—. Te escribí para decirte que el bebé era tuyo. No tenía nada que ocultarte.

Roberto respiró profundamente.

—No era un bebé, Mariana.

Lo miré.

—¿Qué?

Abrió otra hoja de la carpeta y la puso sobre la mesa.

Era un informe médico del hospital de Guadalajara. Allí aparecían cuatro nombres, las fechas de nacimiento y los datos de mi embarazo.

Noah.

Emiliano.

Sofía.

Valentina.

Debajo había un documento del laboratorio que había realizado la prueba de paternidad.

Daniel lo tomó con ambas manos.

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