—Lo sé.
—Y no puedes llegar hoy y decir que eres nuestro papá como si nada hubiera pasado.
—Tienes razón.
Noah regresó a mi lado.
Y por primera vez aquella noche, sentí que mis hijos no necesitaban que yo los protegiera de la verdad. Necesitaban que los adultos dejaran de esconderla.
Pensé que la revelación había terminado.
Me equivocaba.
La mujer rubia, que seguía junto a la puerta, regresó lentamente a la sala. Tenía el rostro pálido y sostenía su teléfono.
—Hay algo más que deberían saber —dijo.
Daniel levantó la mirada.
—¿De qué hablas, Laura?
Ella miró la carpeta abierta.
—Hace seis meses, cuando empezamos nuestra relación, tu abuelo me llamó. Me dijo que tú estabas a punto de recibir una herencia importante y que había un asunto familiar que debía permanecer en secreto.
Roberto se puso de pie.