Las niñas crecían, reían y empezaban a descubrir el mundo con la curiosidad inagotable de los bebés.
Y yo empezaba a reconocerme otra vez.
Pero la verdadera prueba llegó un sábado por la mañana.
Brandon apareció en la cocina con su caña de pescar en una mano y el teléfono en la otra.
Durante un segundo, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sentí la misma tensión que había sentido el día que lo vi preparar la maleta para marcharse cuatro días.
Él lo notó.
Dejó la caña apoyada contra la pared.
—Los chicos quieren ir a pescar esta tarde —dijo—. Pensaba ir unas horas. ¿Cómo organizamos el día para que tú también tengas tiempo libre?
Me quedé callada.
No era una pregunta extraordinaria.
Era una pregunta que debería haberme hecho desde el principio.