Eleanor mantuvo la calma.
—Entonces tendremos que solicitar asistencia para hacer respetar los derechos de ocupación y propiedad. Preferiría que no fuera necesario.
Mi madre me miró con odio.
Esperaba que yo cediera.
Había llegado convencida de que seguía siendo aquella niña de cinco años a la que podía ordenar que empacara sus cosas.
Pero yo tenía veintidós.
Había terminado mis estudios.
Trabajaba.
Conocía los documentos que mi abuelo había preparado.
Y, sobre todo, ya no necesitaba convencer a mi madre de que merecía quedarme.
—Por favor, vete —dije.
Mamá tomó su bolso.
Pasó junto a mí.
Y murmuró:
—Te vas a arrepentir.
La miré.
—Ya me arrepentí de muchas cosas. De esta, no.
Se marchó.
Papá la siguió unos minutos después.
Brianna permaneció junto a la escalera.
—Emily.
Me giré.
Por primera vez desde su llegada, no parecía interesada en la casa.