—Lo tengo comprometido.
—¿Con qué?
No respondió.
Miré a Fernanda.
—¿Y tus ingresos?
Ella apretó los labios.
—No tienes derecho a interrogarnos.
—Tienes razón. No tengo derecho a administrar sus vidas. Y ustedes no tienen derecho a administrar mi dinero.
Santiago golpeó suavemente la mesa con la palma.
—¡Soy tu hijo!
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba por primera vez en mucho tiempo.
—Precisamente por eso me duele tanto lo que hiciste. Pero ser mi hijo no te convierte en dueño de mi cuenta bancaria.
Se levantó de golpe.
—Esto no se va a quedar así.
—En eso estamos de acuerdo.
Se fueron sin tomar el té.
Emilia fue la última en salir. Antes de cruzar la puerta, regresó corriendo para abrazarme.
—¿Puedo venir a verte el domingo?
La abracé con todas mis fuerzas.
—Mi puerta siempre estará abierta para ti, cariño.
No sabía entonces que aquella promesa sería puesta a prueba mucho antes de lo que imaginaba.