No lo hice por venganza.
Lo hice porque necesitaba recordar que mi vida también me pertenecía.
Tenía setenta y siete años. Había amado a mi marido, criado a mi hijo, trabajado durante décadas y ayudado a mi familia todo lo que había podido.
No necesitaba demostrar mi amor pagando otras 174 cuentas.
Y no necesitaba dejar de ser madre para empezar a defenderme.
A veces, el límite más difícil no es el que ponemos a un desconocido.
Es el que ponemos a alguien a quien hemos amado toda la vida.
Aquella noche me preparé una taza de té, me senté junto a la ventana y miré las luces de Coyoacán.
Pensé en Rafael. Me pregunté qué habría dicho si hubiera visto todo aquello.
Creo que me habría tomado de la mano y me habría recordado algo que yo había olvidado: